Leyenda de la Cueva del Toro

leyendas mexicanas cueva del toroSegún cuentan los abuelos del Barrio de San Román en la ciudad de Campeche, en épocas pasadas tuvieron como vecino un fantasma. Este vivía en una cueva, oscurecida por la noche y la sombra que producía el inmenso ramaje a su alrededor, cuyos arboles no se tocaban, por miedo a ser merecedor a un maldición.

Cuando el Sol empezaba a ocultarse, también las personas los hacían, acrecentando su terror hasta que sonaban las doce, pues a esta hora, el fantasma salía de su guarida. En veloz carrera el toro, dejaba que todos escucharan su feroz respiración y arrolladores resoplidos de ultratumba. El espectro se detenía en la cruz que formaban cuatro calles. Ahí tomaba forma humana, para penetrar en las casas y embrujar jovencitas. Deslumbradas ante su bella presencia, las mujeres accedían a visitarlo en su cueva.

La siguiente noche, ahí estaban ellas, en el encuentro con su galán, quien después de envolverlas en su capa color almendra, las perdía con él en la oscuridad. La mañana siguiente, se notaba la ausencia de la alguna doncella, y encontrado alguna de sus prendas cerca de la cueva, no había más que culpar al fantasma.

Indignados por esta situación, los vecinos idearon ahogar al toro cuando las lluvias comenzaron, dirigiendo las torrenciales aguas hasta su morada y esperando la salida del toro, pero esto no ocurrió. Temiendo que sus hijas fueran las siguientes víctimas montaron guardia en el lugar; y… una buena noche, cuando el toro se presentó, se le fuero encima, armados de cruces y objetos contrarios a los diablos, pero fueron completamente ignorados. El fantasma, sacó un filoso puñal y cortó el pecho de la joven, sacándole el corazón. La sangre tiño de rojo el cuerpo de la niña y él permaneció inmóvil, haciendo retroceder a los valientes.

Cuando llegó la luz de la mañana, ante los espantados ojos de los campechanos en lugar del fantasma había un árbol de mamey. De este árbol pendía una fruta de cáscaras color almendra… No tuvieron miedo los campechanos y bajando la fruta del árbol la partieron: rojo era su interior… negra su semilla… Era el corazón del Toro… Aterrorizados tiraron aquella fruta… y cabizbajos volvieron a sus casas, pensando que habían estado en un acto de magia.

Las lluvias continuaron; la Cueva del Toro se llenó de agua; y salió cargando bellos muebles, ropas finísimas y un arcón, este fue abierto y se encontró un pergamino que decía:

«YO SOY EL TORO» REY Y SEÑOR DEL DOMINIO DEL EBANO. NO MORIRÉ NUNCA PORQUE SOY ETERNO. PERO ALGÚN DÍA DESAPARECERÉ, DEJANDO TODO LO TERRENAL. MI FORTUNA ES MUY GRANDE. LA LEGO A QUIÉN LA ENCUENTRE. NO SOY HUMANO… YO SOY ETERNO… HE DE VOLVER. EL TORO».

Nadie se atrevió a recorrer el subterráneo, aun con la promesa de riquezas. Y la cueva sigue ahí, aunque una compañía constructora de carreteras levantó paredes de grueso espesor para contener las aguas. Todo aquel que recuerda esta leyenda, aun teme salir por las noches y cruzarse por la cueva, pues el mamey es desafiante y se hace fantasma en la oscuridad. Porque en las noches cuando el rayo azota y el viento brama, se puede oír un ¡Muuuuuuu…!.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *