La noche de las brujas

La noche de las brujasEra por fin tiempo de disfrutar la muy ansiada noche de brujas. Mientras los niños más pequeños se preparaban para ir a pedir dulces, los mayores tenían planeado reunirse para llevar a la vida alguna historia de terror corta y darles un buen susto.

El éxito de la noche de angustia, dependía de que todos sintieran la necesidad de tomar el atajo frente al cementerio, donde todos se habían escondido llevando aquellos habituales disfraces de fantasmas, y dispuestos a hacer sonidos de ultratumba cada vez que alguien pasara.

Pero antes de que pusiera en marcha su broma macabra, el velador del panteón, los descubrió; quiso echarlos fuera, sin embargo, al saber el plan, estuvo de acuerdo en que lo aplicaran con un par de personas para entrar en ambiente. Solo les pidió que tuvieran mucho cuidado, y no se acercaran al área de los mausoleos, porque esa era la zona que las brujas frecuentaban en su día.

Claro que para ellos, eso sonaba más a cuento que a verdad, y siguieron con sus planes, yendo sin precaución al lugar prohibido. Cuando se colocaron todos en sus escondites, escucharon algunos ruidos que los pusieron inquietos, por lo cual se negaron a apagar las linternas, excepto el mayor de ellos, quien les trataba de miedosos y les incitaba para quedarse a oscuras.

Cuando al fin apagaron las luces, el resoplido del viento trajo consigo un leve lamento, todos quedaron inmóviles, preguntándose a sí mismos quien andaba por ahí a parte de ellos. Más rápido de lo que imaginaron, de una de las tumbas, se levantó un espectro traslucido, envuelto en camisón blanco y con su cara desmoronándose a causa de la podredumbre.

Apenas si podían creer lo que estaban viendo, se reunieron ahí con la intensión de asustar a los demás, jamás imaginaron que los espantados serían ellos. A punto estaban de perder el aliento, cuando el vigilante del cementerio iluminó la tumba con su potente farol —¡Siempre me equivoco! —dijo sonriendo—este es lado de los espíritus, el de las brujas es aquel donde se ven aquellos bultos negros—. Ya no había razón para dudar de las palabras del viejo, ni uno de ellos quiso voltear, solo salieron corriendo y no volvieron a pisar ese lugar jamás, y por supuesto, se les quito esa fea costumbre de asustar a los demás.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *