La Leyenda de la Tisigua

Leyendas mexicanas,la Tisigua

Los viejitos de los ranchos creaban personajes fantásticos, para que los jovencitos no anduvieran de parranderos y coscolinos por los ranchos, uno de ellos fue la Tisigua; se decía que a los que se quedan por largas horas bañándose en las hermosas pozas se les aparecía una hermosa mujer que los dejaba tontos.

Nicho, era el hijo único de un cañero apodado el Cashi, y doña Micaela. Cierto día en que se iba a celebrar la velación del Señor de Esquipulas doña Micaela le alistó su buena mudada a Nicho para que fuera de conquista al baile. Por la tarde se fue al río el jovencito muy contento, antes de salir de la casa, la buena madre le recomendó que no se tardara mucho en el río, porque la Tisigua se estaba apareciendo, Nicho se burló de aquella recomendación argumentando que eran puros cuentos. Se fue entonces el joven hasta las pozas.

Al llegar se desvistió y se lanzó a la poza, ya estaba enjabonándose parado sobre unas gruesas raíces, cuando de repente oyó unas palmada un poco leves y luego más fuertes acompañadas de un silbido medio mañoso. Con los ojos enjabonados, como pudo trató de distinguir de dónde venía todo aquello. Luego escuchó aquellos ruidos por otro lado, después detrás de él luego detrás de él y entonces comenzó a quitarse el jabón del rostro y se volvió a meter dentro del agua… cuando salía pudo observar que una mujer surgía del agua, rubia, de ojos azules, de nariz muy perfilada, bonita la malvada. Él trató de seguirla, pero inmediatamente la guapa mujer se escabullía por entre la maleza a pesar de las espinas y garfios que abundaban más arriba de la orilla, no se lastimaba; en cambio el pobre Nicho, se iba cayendo y levantando entre el espinero y la maleza con peligro que pisara una culebra.

Al poco rato, la maligna mujer volvía a meterse en la poza y Nicho tras de ella cuando recordó lo de la Tisigua. Llenándose de valor, se lanzó hacia donde estaba nadando la hermosa chica y ya casi la alcanzaba cuando ella se dirigió a donde estaba su sombrero de palma que había llevado, lo llenó de agua y en un instante se acercó a Nicho poniéndoselo en la cabeza. Al verlo con el sombrero, que escurría una agua lodosa y olor a azufre, se carcajeaba y sonaba las manos como burlándose del joven. Él trataba de alcanzarla pero al poco desapareció entre los árboles, quedando Nicho desde ese momento alelado, idiota, con la mirada fija sin que pudiera articular las palabras. Como pudo, con la ropa toda mojada se fue a su casa, que con trabajo la encontró a eso de las diez de la noche.

Su madre de inmediato llamó al curandero, quien hizo imploraciones por horas tratando de curar al muchacho de espanto. Pero de nada sirvieron todas aquellas imploraciones. El infeliz Nicho nunca recobró la razón y desde entonces por las calles y los callejones de los ranchos veían a Nicho parándose en las puertas de las casas mendigando un taco.

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